¿Quien soy yo?

Qué difícil es mirarse a uno mismo, intentar verse en un espejo para dibujar su propio retrato... Sobre todo cuando, como en mi caso, lo que uno ve es una serie de contradicciones e inexplicables cambios de vida... Yo nací en el Líbano pero ahora soy venezolano y español. He sido arquitecto, directivo de multinacional, empresario...

Qué difícil es mirarse a uno mismo, intentar verse en un espejo para dibujar su propio retrato... Sobre todo cuando, como en mi caso, lo que uno ve es una serie de contradicciones e inexplicables cambios de vida... Yo nací en el Líbano pero ahora soy venezolano y español. He sido arquitecto, directivo de multinacional, empresario pero ahora soy coach. He cambiado tantas veces de “pieles”, como de culturas, de países, de parejas, de profesiones, de hobbies y de vida... que lo único que podría decir de mi es que me he transformado en un puente entre todas esas cosas. He cambiado mucho, contradiciéndome mucho, yendo muchas veces hacia atrás, dando vueltas inexplicables pero dolorosas, profundas pero con sabor a derrota porque cada cambio, en realidad, fue una ganancia, pero también una pérdida de lo que dejaba atrás. La verdad es que tardé mucho tiempo en darme cuenta de que mis contradicciones podían ser en realidad riquezas disfrazadas y mis derrotas una forma de éxito, porque el éxito tiene mil definiciones y la más importante es la que uno entiende.

Yo nací en una tierra muy bella sembrada de violencia y muerte. Pertenezco a la generación de la guerra en el Líbano. La que tuvo que codearse día a día con los estragos de los bombardeos, los abusos de las milicias y las penurias de la guerra. Durante mucho tiempo me estuve preguntando qué estaba haciendo allí. ¿Por qué había nacido allí? ¿Por qué tenía ese color de piel y por qué me tocaba vivir aquello? A pesar de todo, probé vivirlo, luego probé ignorarlo o vivir de espaldas a ello, también probé enfrentarlo. Probé muchas cosas antes de descubrir que el denominador común de todas esas cosas era sencillamente vivir. No quería renunciar a vivir aun cuando estaba rodeado de muerte... Muerte en singular, como la que presencié en un campamento de entrenamiento militar cuando un compañero se voló literalmente los sesos a mi lado vaciándose un cargador de kalachnikov en la cabeza. O muerte en plural como las que viví durante la explosión de la embajada de EE.UU., ubicada justo delante de nuestra casa. Todavía tengo las narices llenas de los olores de esas muertes. Ese olor nauseabundo a carne chamuscada de las personas que formaban la larga fila delante de la embajada americana. Esa carne desgarrada en mil pedazos había salido volando por los aires para venir a pegarse en las fachadas y paredes de la casa y acabar de consumirse allí dejando una indeleble mancha de grasa...

Pero en aquella tierra no todo era muerte, también hubo mucha vida, mucha pasión. Yo la viví en muchas formas, por ejemplo a través de la tradición familiar. Supe, por ejemplo, que unas décadas antes mi abuelo materno, de nombre Zeidan, consiguió siendo todavía un joven mozo bajar a la mujer que más tarde sería mi abuela del barco que la llevaba a EE.UU. Lo hizo gritando y gesticulando desde el muelle hasta que consiguió reunir a una muchedumbre a su alrededor y atraer la atención de mi abuela. Entonces anunció solemnemente que si ella se iba, él se tiraría al agua a pesar de que no sabía nadar. Así es como la obligó a apearse de aquel barco y renunciar a emigrar. Y así es como, de paso, le salvó la vida, pues precisamente aquel barco iba a ser el enlace de mi abuela con el Titanic.

Así es como quería vivir yo: con pasión. Vivir de verdad... Lo único que me faltaba era la posibilidad de hacerlo, una especie de licencia... Una licencia que andaba buscando por todas partes sin saber todavía que nadie me la podía otorgar... Fue así como decidí emigrar, a pesar de no tener una necesidad económica que me obligara a ello. Y es que no todos los inmigrantes llegan en pateras...

Por aquel entonces era un joven arquitecto de Beirut. Había conocido al embajador de España, Pedro Manuel de Arístegui, que falleció más tarde durante un bombardeo. Yo estaba diseñándole su casa, una bonita casa en la que planificaba jubilarse y vivir tranquilamente con su esposa libanesa. Ese fue mi primer contacto con España. Luego, a raíz de una serie de sincronías (las sincronías siempre fueron las protagonistas en mi vida...), acabé solicitando una plaza en el MBA del IESE. Cuando llegué a Barcelona me enamoré de esa ciudad, de ese país y decidí que quería ser español. Llevaba una semana en España cuando me presenté en una gestoría anunciando que había decidido ser español. Todavía recuerdo la mirada sorprendida del gestor, como intentando averiguar si me encontraba en mis cabales... “Es que los españoles todavía están pensando en emigrar...”, dijo el pobre, que no podía entender que alguien quisiera hacer el proceso inverso. Tardé 4 años en hacerme español. Lo mío no fue un pasaporte sino una nacionalidad, un verdadero bautizo: me leí la constitución antes de jurar obediencia a sus leyes y estudié la vida del Rey antes de jurar fidelidad a la Corona (incluso le llegué a mandar una carta...).

¡Pasión! ¡Pasión! En 1996 este inmigrante ya estaba ganando unos cuantos millones de pesetas al año. La pasión se medía en pesetas durante mi etapa de ejecutivo. Seguía buscando los riachuelos por donde discurre la vida (y mi propia licencia para cruzarlos) donde quiera que se pudieran encontrar... Pero por ahí no encontré mucha vida sino otra vez muerte... La que intentaba darme la corbata que me ahogaba cada mañana al mismo tiempo que me llenaba los bolsillos. Puede parecer que esta etapa de mi vida fuera estéril en cuanto a crecimiento personal pero en realidad fue todo lo contrario. Este fue el momento en el que entré en contacto directo con las grandes ideas de la física cuántica, sobre todo el hecho de que los pensamientos se transforman en realidades... Emprendí un experimento atrevido en la empresa en la que trabajaba. Cómo director de división, tenía la potestad de enfocar y canalizar la atención de mis subordinados, hasta entonces obsesionados por la competencia, hacia otros horizontes. Les pedí que dejaran de pensar en la competencia para dedicar su atención en exclusiva a “crear” clientes satisfechos. Les pedí que dejaran de “vender”, que dejaran de actuar desde el miedo y... ¡funcionó! La recién constituida división, que acababa de heredar, pasó de tener pérdidas a tener beneficios en un momento económico bastante difícil. Estos resultados me animaron a seguir profundizando en este camino. Pero para ello, necesitaba otro cambio...

Por enésima vez tuve que volver a inventarme... ¡Pasión! ¡Pasión!... Había sido arquitecto, apasionado por la arquitectura, luego ejecutivo, apasionado por el mundo de la empresa, y ahora me tocaba encontrar otra pasión, otra piel. De un día para otro pasé a ser empresario dueño y único responsable de una pequeña empresa. Me estrené en el mundo de la hostelería, del que no sabía todavía absolutamente nada. Llegué a tener 8 restaurantes de los que todavía hay 3 en funcionamiento...

Nueve años más tarde, o sea otro ciclo de mi vida, encontré otra pasión: el coaching. Por fin, el trayecto empezaba a cobrar sentido. Había encontrado el paraguas debajo del cual las mil contradicciones de mi vida podían empezar a reconciliarse y los diferentes caminos recorridos a encontrarse. Había dado mil vueltas, cruzado mil puentes pero ahora empezaba a vislumbrar mi licencia para vivir, mi propia licencia... Una licencia para llegar a la esencia de mi propia vida. Una licencia para crearla. Una licencia para armar mi propio éxito, un éxito hecho a mi medida. Un éxito que hace que valga la pena vivir mi vida. Es que el éxito es lo que cada uno quiere que sea porque cada uno tiene que encontrar su propia definición del éxito. Yo, a penas ahora, empiezo a saber lo que la palabra éxito significa realmente para mi.

Mi nombre es Fady Bujana y soy un puente entre culturas, disciplinas, ideas y personas...
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